Llevo quince años entrando a empresas ajenas a preguntar cómo trabajan. Y hay algo que se repite tanto que ya lo doy por hecho: la gente que hace el trabajo sabe perfectamente qué habría que arreglar. Lo sabe antes, y mejor, que quien dirige.
Lo que casi nunca existe es un camino seguro para decirlo.
Porque proponer una mejora en el trabajo tiene un riesgo real que nadie menciona en los artículos de «7 ideas para tu empresa»: si el proceso que vas a señalar lo diseñó tu jefe, tu buena intención puede aterrizar como una crítica. Si involucra a un compañero, como una queja. Y si sale mal, la próxima vez te lo vas a pensar dos veces.
Así que esto no va de qué proponer. Va de cómo hacerlo sin quemarte.
Las buenas ideas casi nunca mueren por malas
Cuando entrevisto a los equipos durante un levantamiento de procesos, siempre pregunto lo mismo: «¿y esto nadie lo ha dicho?». La respuesta más común no es que no. Es «sí, ya lo dije, pero no pasó nada».
Con el tiempo aprendí a reconocer por qué se quedan en el camino. Rara vez es la idea.
A veces es que la propuesta llegó envuelta en molestia, y la conversación se fue a defender personas en lugar de arreglar el problema. Otras, que no había forma de comprobar nada: «se pierde mucho tiempo» es tu percepción contra la de tu jefe, y él lleva más años ahí. También pasa, y esta es incómoda de reconocer, que la propuesta le genera trabajo a quien tendría que aprobarla. Si implica que pida presupuesto, convenza a otra área y le dé seguimiento, tiene un incentivo perfectamente humano para dejarla enfriar.
Y luego está la más frecuente: la idea era demasiado grande. «Deberíamos cambiar el sistema» no se decide en un pasillo. Muchas veces tampoco en una junta.
Tu primera propuesta no sirve para arreglar el problema
Esto suena raro, pero es lo más útil que puedo decirte.
Tu primera propuesta sirve para demostrar que tus propuestas funcionan. Nada más. Una mejora modesta que sí se implementó vale muchísimo más que una brillante que se quedó en el aire, porque la siguiente ya te la escuchan distinto. Es capital que se acumula.
Por eso conviene empezar por lo que está dentro de tu alcance: algo que tú mismo ejecutas y puedes cambiar casi sin permiso de nadie. Un formato que evite errores. Una lista de verificación. Escribir cómo se hace algo que hoy solo vive en la cabeza de una persona. Quitar un paso que en realidad ya nadie usa pero que se sigue haciendo por costumbre. Juntar dos reportes que se arman por separado.
Y dejar para más adelante lo que depende de otras áreas, lo que implica comprar software o contratar gente, lo que supone reorganizar al equipo, y sobre todo cualquier cosa que cambie la forma de trabajar de tu jefe. Eso último no es que no se pueda. Es que no es por donde se empieza.
Mide algo. Lo que sea, pero mídelo
Si me tuviera que quedar con un solo consejo de todo esto, sería este.
No necesitas un sistema ni una herramienta. Necesitas una libreta y dos semanas. Anota cuánto tardas en hacer eso que crees que se podría hacer mejor, cuántas veces lo repites, cuántas veces te lo regresan corregido. Dos semanas de datos apuntados a mano pesan más que un año de tener la razón.
Esto abre puertas: «Estuve midiendo dos semanas lo que tardo en armar el reporte del lunes. Entre dos y tres horas. Y como cuarenta minutos se me van nada más en buscar los datos en tres archivos distintos.»
Esto no: «El reporte semanal me quita muchísimo tiempo.»
La diferencia no es el tono. Es que el primero es un hecho verificable y el segundo es una opinión. Tu jefe también tiene opiniones, y la suya viene con jerarquía.
Hay además un beneficio que tardé en entender: cuando mides tu propio trabajo, estás describiendo lo tuyo, no criticando lo de nadie. Te quita de encima el problema político casi por completo.
Primero la conversación, después el papel
El error que más veo es llegar a una junta con un documento terminado. La intención es buena, se nota el esfuerzo, y el efecto es el contrario del que buscas: quien decide se siente emboscado y se pone a la defensiva antes de terminar de leer.
Funciona mucho mejor al revés. Una conversación de cinco minutos, sin propuesta todavía, solo con el dato: «oye, estuve midiendo algo del reporte semanal y me salió un número que creo que te va a interesar, ¿te lo cuento?».
Y después, cállate un momento. Si al escuchar el dato tu jefe sugiere algo, recógelo y métele esa idea a tu propuesta. Suena a truco, pero no lo es: una propuesta que él ayudó a formar se aprueba prácticamente sola, porque ya es suya también.
Cuando la conversación llega a su punto, ofrécete a escribirla: «si quieres lo dejo en una hoja para que lo veas con calma». Ahí el documento ya no es una emboscada, es un encargo. Y cuando lo escribas, pide una decisión chica. No la aprobación del cambio completo: permiso para probarlo un mes en tu propio trabajo. A un experimento reversible cuesta mucho menos decirle que sí.
La estructura del documento, con un ejemplo completo, la dejé aparte en qué es una propuesta de mejora y cómo se escribe.
La misma idea, dicha de dos formas
Esto lo apunto porque en los talleres es lo que más comentarios genera. Son frases reales que he escuchado, con la versión que sí funciona al lado:
| Lo que sale solo | Lo que conviene decir |
|---|---|
| «Nadie contesta a tiempo» | «El paso de autorización tarda tres días en promedio. ¿Valdrá la pena ponerle un plazo?» |
| «Este proceso está mal hecho» | «Creo que esto se diseñó cuando éramos la mitad de gente. ¿Lo revisamos con el volumen de ahora?» |
| «Juan siempre se equivoca ahí» | «Ese formato se presta a confusión. ¿Le marcamos los campos obligatorios?» |
| «Deberíamos comprar un sistema» | «Antes de pensar en un sistema, ¿te parece si ordeno el proceso y medimos si con eso alcanza?» |
Si te fijas, todas hacen lo mismo: hablan del proceso y no de la persona. El proceso no se ofende, y arreglarlo no le quita la razón a nadie.
Y si no te hacen caso
Va a pasar. Me pasa a mí, que cobro por esto.
Si te dijeron «ahorita no», en general es cierto: hay otras prioridades y tú no las ves todas. Pregunta cuándo sí, apúntalo, y regresa en esa fecha con el mismo dato actualizado. Volver sin insistir funciona sorprendentemente bien.
Si no te dijeron nada, lo más probable es que no quedara claro qué tenía que aprobar. Regresa con una sola pregunta cerrada, de las que se contestan con sí o no: «¿me das luz verde para probarlo un mes?».
Si te dijeron que no, pregunta por qué sin ponerte a discutirlo. A veces hay información que no tienes y que cambia el panorama. Y si la mejora era solo sobre tu trabajo, haz lo que sí esté en tu mano y enseña el resultado después. Los resultados discuten mejor que uno.
Ahora, si llevas tres o cuatro propuestas bien planteadas, con datos, chicas, y ninguna avanzó: el problema no eres tú. Eso ya te está diciendo algo de la empresa, y conviene escucharlo.
Una advertencia que casi nadie te da
Hay una trampa clásica. Propones, te aprueban, y acabas haciendo la mejora además de todo tu trabajo. Nadie te lo pidió explícitamente, simplemente quedó ahí. Y con eso se desanima cualquiera.
Se evita diciéndolo desde el principio, sin drama: «para hacerlo necesito unas seis horas. ¿Las saco del reporte de los lunes o cómo lo acomodamos?». Poner el costo sobre la mesa no es quejarse. Es parte de proponer bien, y de hecho le da seriedad a la propuesta.
Preguntas frecuentes
¿Qué propuestas de mejora puedo hacer en mi trabajo?
Empieza por algo que tú mismo ejecutas y puedes cambiar casi solo: un formato o plantilla que evite errores, una lista de verificación, escribir cómo se hace algo que hoy solo está en la cabeza de alguien, quitar un paso que ya nadie usa, o juntar dos reportes que se hacen por separado. Deja para después lo que dependa de otras áreas, implique comprar software o suponga reorganizar el equipo.
¿Cómo le propongo una mejora a mi jefe sin que se moleste?
Habla del proceso y nunca de las personas, y lleva un dato medido en vez de una impresión. Empieza con una conversación corta compartiendo el dato, sin presentar todavía la propuesta; deja que él aporte y pide una decisión pequeña, como probarlo un mes, en lugar de aprobar el cambio completo.
¿Qué hago si mi jefe ignora mis propuestas de mejora?
Depende del caso. Si te dijeron «ahorita no», pregunta cuándo sí y regresa en esa fecha. Si no hubo respuesta, probablemente no quedó claro qué debía aprobar: vuelve con una sola pregunta cerrada. Si fue un no, pregunta el motivo sin discutirlo. Y si llevas varias propuestas bien planteadas sin que ninguna avance, eso ya es información sobre la empresa más que sobre tus ideas.
¿Por qué se rechazan las propuestas de mejora en el trabajo?
Las razones más comunes son que suenan a crítica hacia una persona, que no traen un dato que permita comprobar el problema, que generan trabajo adicional a quien debe aprobarlas, que son demasiado grandes para decidirse rápido, o que no queda claro quién las ejecutaría.
¿Cómo evito terminar haciendo yo todo el trabajo extra de mi propuesta?
Declarando el costo desde el principio. Al proponer, di cuántas horas requiere y pregunta de dónde saldrán: por ejemplo, «necesito unas seis horas, ¿las tomo del reporte semanal o cómo lo acomodamos?». Poner el costo sobre la mesa forma parte de una propuesta bien hecha y evita que la mejora se convierta en carga adicional.
Alfredo Capula. Consultor certificado EC0249 (CONOCER) y Lean Six Sigma Black Belt. Llevo quince años documentando cómo trabajan las empresas mexicanas; lo que cuento aquí sale de esas entrevistas. Más sobre lo que hacemos en Procesos de Negocio.